EN LA DIANA DEL TIEMPO


El tiempo… parece algo tan sutil… nos acompaña desde el nacimiento del universo, separando nuestros instantes, ordenando los acontecimientos de nuestra propia historia… Hasta hace poco, se creía que era algo absoluto, es decir, que era igual para todos los que lo observaran y todos ellos estarían de acuerdo a la hora de clasificar un mismo suceso como presente o pasado. Pero gracias a Einstein y a su teoría de la Relatividad, descubrimos que el tiempo dependía de los observadores y de su estado de movimiento, pudiendo suceder, por ejemplo, que para uno de ellos el futuro sucediera antes que para el otro. El tiempo empezaba a ser un compañero mas desconocido de lo que parecía.



Pero lo curioso, además, es que en todas las ecuaciones de la física (tanto clásica como relativista) permanecerían inalteradas si se invirtiera la dirección del tiempo, como si este “detalle” no tuviera importancia para ellas, es decir, son simétricas en este aspecto, entonces… 
¿Por qué para nosotros el tiempo es irreversible? ¿Por qué vivimos en un universo donde el pasado precede al futuro y no al revés?




Si viéramos una película donde en una mesa de billar las bolas se reagruparan en un triángulo mientras una blanca abandonara el centro de la mesa para situarse en un extremo, no dudaríamos de que se esta película se estaría proyectando al revés, pues la escena sería increíble. Por parte de las leyes de la física no habría ningún problema en que las bolas por sí sola se reagrupasen, pero ¿podríamos decir lo mismo desde el punto de vista del azar?

En 1927, el astrofísico británico Arthur S. Eddington, del que ya hablamos en la entrada "En el ombligo del universo", utilizó por primera vez, en sus conferencias sobre “La naturaleza del mundo físico”, la expresión Flecha de Tiempo para referirse a la dirección en la que éste discurre sin interrupción desde el pasado hacia el futuro. Explicaba que, si dibujásemos una flecha arbitrariamente y al seguirla encontráramos que los elementos distribuidos al azar iban en aumento, entonces la flecha apuntaba al futuro, pero si por el contrario disminuyesen, entonces la flecha apuntaba al pasado.

Es decir, el futuro apunta al...


El físico Stephen Hawking resalta en su libro “Historia del Tiempo” tres "Flechas de Tiempo" que transcurren desde el pasado al futuro. El hecho de que las tres apunten hacia la misma dirección es condición indispensable para que podamos estar aquí haciéndonos preguntas, según el razonamiento del principio antrópico débil (cuya definición la podéis encontrar en la entrada "En el ombligo del universo"
Estas flechas son:



La flecha termodinámica es la que hace posible que no vivamos la experiencia de ver cómo los vasos que caen al suelo, y se rompen, se recompongan ellos solitos y salten a la mesa desde donde cayeron. Está basada en la Segunda Ley de la termodinámica. Para explicarla hay que introducir primero el concepto de Entropía.



¿Qué es la entropía? 

Es una medida de desorden. El cristal roto y el agua en el suelo están un estado mayor de entropía que un vaso encima de una mesa, pues su nivel de orden es elevado. Con el tiempo aumenta el desorden, es decir, partimos desde un estado bajo de entropía hacia uno más elevado y siempre vamos en esa dirección, por eso no podemos presenciar la milagrosa recomposición de los cristales rotos pero, en cambio, si sufrimos como una habitación recién limpia (en un buen estado de orden) se va volviendo sucia y “entrópica” con el tiempo…¡grr!.

Siempre habrá un mayor número de estados desordenados que ordenados.





Pero... ¿Por qué sucede esto?

Pues porque para mantener un estado ordenado hace falta gastar energía. Nosotros mismos tenemos un nivel bajo de entropía. Para mantenernos vivos tenemos que luchar contra el aumento inexorable de la entropía en nosotros mismos y lo hacemos tomando energía en estado ordenado (alimento y oxígeno) y desechándola en forma de calor, que es la forma de energía más desordenada que existe, con lo que colaboramos, a su vez, al aumento de entropía del universo.





En 1974, el físico Roger Penrose aplicó la segunda ley de la termodinámica al universo y dedujo que éste comenzó con un nivel de entropía increíblemente pequeño en comparación con el que podría tener, el porqué fue así continúa siendo un misterio. Pensar que el universo surgió de una explosión (el Big Bang) y aún así no haber generado el caos, como cabría de esperar en cualquier explosión, sino un escenario realmente ordenado es algo alucinante. Toda la materia cósmica observable se distribuyó en aglomeraciones incandescentes (estrellas) y en materiales fríos (planetas y polvo cósmico). Este desequilibrio térmico posibilitó que el Sol irradiara energía baja en entropía hacia la Tierra, algo indispensable para nuestra supervivencia.


Si el universo no hubiera surgido con ese nivel tan bajo de entropía…NO EXISTIRÍAMOS




La flecha psicológica es la dirección donde sentimos el paso del tiempo, la que hace posible que recordemos el pasado y no el futuro. Reside en nuestra mente y nos hace comprender la sucesión de los hechos que vivimos. La acumulación de recuerdos forma la flecha de tiempo mental. Hay quienes piensan que el tiempo no es real, que somos nosotros quienes lo inventamos para explicar los sucesos que vivimos, ya que nunca se ha realizado ningún experimento para detectar el “flujo del tiempo”.



La flecha cosmológica del tiempo nos señala que nos encontramos en la dirección en que se expande el universo y no en su fase contractiva, pues entonces apuntaría en sentido contrario. Stephen Hawking explica que si el universo hubiera comenzado en un estado grumoso y desordenado ahora mismo estaríamos en un estado de desorden completo y no podría aumentar con el tiempo. Al no aumentar, podrían suceder dos cosas: disminuir, por lo que la flecha termodinámica señalaría en dirección opuesta a la cosmológica o permanecer constante, por lo que la flecha termodinámica no estaría bien definida. Pero ninguna de ambas circunstancias son las que vivimos, pues como ya hemos visto la entropía va en aumento constante. Así pues, el universo debió comenzar en un estado muy suave y ordenado.

Pero, ¿como sabemos que nos encontramos en la fase donde el desorden aumenta y el universo se expande y no en la fase contractiva? 



Hawking responde siguiendo el principio antrópico débil y es que las condiciones de la fase contractiva no serían adecuadas para la existencia de vida inteligente que se hiciera esa pregunta. El universo, como vimos en la entrada anterior, se expande a una velocidad muy próxima a la que evitaría que se volviera a colapsar, por lo que tardará mucho antes de que se produzca este hecho. Cuando suceda, todas las estrellas ya se habrán quemado y el universo estaría en un nivel de desorden completo. No habrá flecha termodinámica del tiempo. Sin embargo, sin una flecha termodinámica clara la vida inteligente no podría vivir, pues como vimos, es necesario consumir alimento que es una forma ordenada de energía.




En resumen, aunque en las leyes de la ciencia no influye la dirección del tiempo, en la realidad existen tres flechas que nos mantiene en la dirección “lógica” de pasado a futuro. Dos de ellas (termodinámica y psicológica) coincidirán siempre, la cosmológica apuntará en el mismo sentido de las otras dos mientras el universo esté en la fase expansiva, fase en la que nos encontramos ahora, porque de lo contrario... NO EXISTIRÍAMOS

Referencias:
- Historia del Tiempo. Stephen Hawking
- La Mente Nueva del Emperador. Roger Penrose
- Física Para Todos. Rafal Andrés Alemañ

EN EL OMBLIGO DEL UNIVERSO


Durante la Edad Media, se creía que la Tierra era necesariamente el centro del firmamento, lugar privilegiado donde Dios había colocado al hombre como culmen de su creación. Gracias al Renacimiento y a la luz de la razón, Nicolás Copérnico despoja a la Tierra de su lugar preeminente para poner al Sol. Desde entonces, la humanidad ha ido tomando conciencia de que no es un espectador privilegiado de las estrellas y que nuestro mundo es sólo un planeta perdido en un lugar nada especial de una galaxia igual a otras muchas.




 

A este espíritu se le conoce como principio copernicano o principio de mediocridad.




En 1973, quinientos años después del nacimiento de este revolucionario astrónomo y en una conferencia celebrada en Cracovia con motivo de su aniversario, el astrofísico y cosmólogo Brandon Carter decide arremeter contra el sometimiento a este principio y defiende que, aunque los observadores humanos no ocupamos un lugar central en el universo, si estamos privilegiados en cuanto a otras condiciones necesarias para la existencia. Surge así el Principio Antrópico como consecuencia de una serie de planteamientos sobre la naturaleza del universo que se venían dando desde comienzos del siglo XX. 

El primer antecedente a este principio lo encontramos en los años 20 cuando el astrofísico británico Arthur Stanley Eddington encontró, mientras buscaba la “teoría fundamental” (la unificación de la mecánica cuántica, la relatividad y la gravitación), una serie de “coincidencias” extrañas en sus cálculos. Al disponer la razón entre la masa del electrón y la del protón resultaba ser el mismo número que al hallar la razón entre la fuerza gravitatoria y electromagnética de ambos, esto es, 10 elevado a 40. Número que sorprendentemente resultaba ser la raíz cuadrada del número de protones del universo visible (número de Eddington).






En 1938, el físico y premio nobel Paul Dirac también observó unas “coincidencias” al poner de manifiesto la intensidad de la fuerza gravitatoria, la masa del universo conocido, de nuevo, y la edad estimada del universo en unidades atómicas (la razón entre la edad del universo y el tiempo que tarda la luz en recorrer el radio de un protón).
¿Y que coincidencia encontró? Pues que éstas cantidades eran potencias enteras (positivas y negativas) de 10 elevado a 40 ¡¡¡Otra vez!!! Dirac pensó que debía existir alguna relación entre estas constantes fundamentales y la evolución del universo. Como la edad del universo aumenta con el tiempo (elemental querido Watson), las constantes fundamentales tendrían que hacerlo igualmente para seguir manteniendo dicha igualdad.


En 1961, el físico Robert Dicke publicó un artículo en la revista Nature donde recogía la hipótesis de Dirac, pero manteniendo la edad del universo independiente de los otros números. Entonces… ¿Cómo explicaba Dicke la coincidencia entre los tres? Porque los físicos, justificó, sólo pueden existir en un periodo muy corto de la evolución del universo. El carbono del cuerpo de los físicos necesitó de una estrella para crearlo, por lo que el universo debía ser suficientemente antiguo para haber formado las estrellas, pero no demasiado antiguo porque entonces las estrellas se habrían consumido dejando de emitir calor y luz que hace posible que exista vida en los planetas. Dicke calculó que ese tiempo era de unos 10 mil millones de años, es decir, que la vida sólo puede surgir y existir durante un periodo en la evolución del universo y este tiempo era justamente cuando se cumplía la igualdad descubierta por Dirac. 


Carter dividió el Principio Antrópico en dos versiones, una débil y una fuerte. En su versión débil se limita a decir que nuestra ubicación en el universo es necesariamente privilegiada hasta el punto de ser compatible con nuestra existencia como observadores. Esta ubicación no sólo hay que entenderla como localización espacial, sino también temporal.

En su versión fuerte, el Principio dice que “el universo (y, por consiguiente, los parámetros fundamentales de que depende) tiene que ser de tal modo que admita la creación de observadores dentro de él en algún estadio”. Estos parámetros fundamentales (las constantes de la física) que aparentemente son arbitrarias y no relacionadas entre sí, adoptan exactamente los valores necesarios para que pueda resultar la vida. Esta versión del principio se la denomina “fuerte” porque no sólo considera que nuestra situación en el universo sea privilegiada para la existencia (espacio y tiempo suficiente) sino que el universo mismo (los parámetros fundamentales de los que depende) son privilegiados.




Un paso más allá dentro del Principio Antrópico lo da el físico John Wheeler, del que ya hablamos en el artículo Creadores de Matrix. En una entrevista publicada en la revista Cosmic Search en 1983 viene a decir que este principio observa los posibles universos y desecha aquellos donde la conciencia no se pueda desarrollar en algún lugar y momento. Nosotros no podemos ni imaginar un mundo sin observadores, puesto que los verdaderos materiales de construcción del universo son los actos de participación del observador. Es lo que él denomina Principio Participativo y está fundado en el punto central de la mecánica cuántica, que ningún fenómeno elemental puede considerarse fenómeno hasta que es observado (o registrado por un observador).



También ha habido otras divisiones y definiciones del principio antrópico, como la realizada por Barrow y Tipler en 1986, donde al principio débil y fuerte añadieron el principio antrópico final. En éste  último defienden que , una vez surgida la inteligencia en el universo, ya no desaparecerá, sino que logrará el dominio sobre todos los procesos materiales e incluso su propia inmortalidad.
 Seguir esta línea de razonamiento supone revocar los triunfos de Copérnico, Galileo y Newton para volver a colocar al hombre en el centro del universo, sin embargo, los valores en la configuración del  universo para que pueda surgir la vida son demasiado “ajustados” para obviarlos. De las extraordinarias “coincidencias” en estos valores hablamos en la entrada "¿Que Pasaría Si...?"



Referencias:
- Introducción al Principio Antrópico. José Manuel Alonso
- Cosmos y Gea: fundamentos de una nueva teoría de la evolución. Francesc Fígols